
Que una sola palabra puede cambiar el sentido de un discurso, es bien sabido. Que la retórica depende de las comas y matices, tampoco es un secreto. Que ese tácito acuerdo social que llamamos cultura se forja con palabras deslizadas de boca en boca y expresiones que hacen fortuna, es algo que hemos de mantener muy presente, para no caer en los errores provocados por la sinonimia entre el “similar” y el “parecido”.
Entre ocio y cultura hay un abismo de significados, una escala de grados que oscilan entre la comodidad de un viaje y el compromiso de una performance; y sin embargo, ocio y cultura son, en El Periódico algo lo suficientemente parecido para encabezar una sección en la que encuentras la cartelera de cine –con la respectiva crítica- y las propuestas más apetecibles para una guarnición perfecta. Particularmente, para El Periódico la televisión no pertenece a ninguno de los dos ámbitos, encabezando la sección de “gente y TV”, a continuación de “ocio y cultura” -y es de remarcar que el ocio preceda a la cultura, que según parece, es una forma más del primero-. Es seguramente por esta priorización del ocio que El Periódico se decanta por los titulares cinematográficos, que, al margen de los premios Oscar, incluyen una sección de videoclub y la cartelera de cine. La cultura, en la acepción más popular de la palabra, queda relegada a una agenda en un espacio “familiar”, similar al dedicado a los viajes o a la gastronomía.
Para La Razón, en cambio, las etiquetas merecen gran cuidado, no es lo mismo cultura que TV o sociedad. Y en este afán de catalogar todas las posibles temáticas de la Editorial, nos ofrecen secciones tan llamativas como “los toros” o “religión”. De un afán tan esquemático solo puede surgir una sección cultural estructurada sobre los pilares de aquello que, por consenso social, se considera parte del acontecer cultural: el cine, la literatura y la música. Verdad es que también existe el subapartado “cultura” donde se acogen todas aquellas nuevas culturales –valga la redundancia- que no encajan en el panorama cinematográfico, literario o musical, formando así un círculo viciosamente cerrado de conceptos que solo se definen aludiendo a sí mismos.