jueves, 21 de julio de 2011
El mal del XIX
Al encender su caldera, la primera locomotora ponía en marcha el proceso de alienación paralizante que reduce al ser Humano a simple apéndice, no solo de la máquina, sino de una entidad abstracta conocida como El Capital, todo ello dentro de los engranajes de una superestructura –un sistema- cuya manifestación más visible es la Institución –la institucionalidad-. Contra la materialidad de los medios a través de los cuales el capital ejerce su poder, puede el Ser Humano oponer su inmaterial criterio -su capacidad crítica-, mediante el cual puede resistirse a la alienación total de su voluntad. Pero, ¿es posible que mediante la acción crítica se restituya al Ser Humano el total de su naturaleza apropiada?
La existencia del Ser Humano se da, ante todo, en un lugar y un tiempo. La alienación capitalista opera también mediante la enajenación espacio-temporal. En cuanto que espacial, con la reducción de espacios públicos a no-lugares anónimos –saturados de referencias o cargas simbólicas-, convirtiendo al habitante en un flanneur predispuesto saciar “necesidades creadas” y a componer una hiperrealidad producto de la solapación de fragmentos; en cuanto que temporal, con la destrucción del pasado y el futuro por un historicismo de corte apocalíptico, y del presente por la precarización.
Para la reapropiación del tiempo y el espacio, no disponemos de otras herramientas que aquellas con que el sistema nos aliena -medios de comunicación masivos, marco institucional-, pero hemos de contar con la institucionalización de todos los canales alternativos que creemos. En el ámbito del arte como comunicación que nos define culturalmente, la crítica institucional nace como actitud y acción de cuestionamiento frente a la sacralización del museo. Sin embargo, como podemos comprobar ante el aumento de formación especializada en el campo de la crítica de arte, la institución, reflejada en el museo, se apropia y dirige de manera edulcorada, el discurso que le ponía en duda. Se trata de un proceso análogo al que sufren los sindicatos, absorbidos como parte reguladora -y prolongadora- del sistema.
Y entonces, después de ser absorbida por la institución -museo, galería, centro artístico y en general mercado y mundo del arte-, ¿puede la crítica recuperar su carácter alternativo? ¿Es posible, mediante una nueva crítica institucional -instalada al margen de la Institución-, recuperar los espacios públicos permitiendo la superación de la alienación fruto del individualismo y el aislamiento propiciados por el capitalismo?
Concentrándonos en el ámbito urbanístico, es allí donde se desarrolla la existencia individual, pero es además, donde debería desarrollarse el tejido social atomizado por el proceso de globalización y por el relativismo consecuencia de una multiplicidad de discursos comprobable en Internet, en el rápido consumo de noticias –acontecimientos que se historizan- y en la designificación, por exceso de significados, de los lugares públicos.
Los acontecimientos posteriores al 15-M y su reapropiación del espacio público como espacio de comunidad antes que espacio de tránsito, nos invitan a reflexionar sobre el espacio público y su uso, contrastando algunas medidas tomadas en el ámbito cultural barcelonés y relacionándose con proyectos de intervención en el espacio público.
En la línea de exposiciones temáticas que buscan, ante todo, el mayor número de visitantes aun cuando estos sean foráneos encontramos la última exposición de La Pedrera El arte de comer, sazonada con actividades igualmente temáticas como Poesía gustosa o ¡Un banquete creativo!, que además utiliza impunemente –y con gran éxito- el gancho publicitario de Ferran Adrià. No debemos extrañarnos, dentro de estas “agendas culturales” encajan perfectamente la Primavera cultural de TMB o la cesión que Casa Batllò hace de su espacio a la firma de moda Custò Barcelona.
Se trata de espacios privados, que gestionan las necesidades culturales de la audiencia, pero, por la otra banda, tenemos los intentos de gestionar el espacio público desde la marginalidad o la alteridad del museo. La creación de espacios artísticos alternativos puede fácilmente confundirse con la proliferación de espacios artísticos que además ofrecen otras funciones… dentro del ámbito comercial, publicitario e institucional que caracteriza el sistema por el que se rige nuestra sociedad.
El centro artístico Arts Santa Mónica, ofrece, al día de hoy una agenda cultural orientada desde un ejercicio crítico saludable, sin dejar de constituirse en un umbral de institucionalización de manifestaciones culturales y artísticas más alternativas, como los correspondientes a espacios okupas en los que se gestan proyectos en el límite de lo aceptado comúnmente como arte y por tanto, políticamente transgresores -como el postporno-, o donde nacen nuevas alternativas a la producción artística monopolizada en el caso de las artes audiovisuales –el caso del colectivo Compartir Dòna Gustet, que conseguirá un Festival de Crowdfunding en Barcelona-.
En cuanto a la utilización del espacio público tradicionalmente reservado al tránsito, el proyecto Ce n’est pas une voiture. Artefactos móviles acechan el museo, de Martí Peran, no solo acerca la experiencia estética a un público masivo, sino que interroga sobre la necesidad de un lugar inamovible y sacralizado que opere como centro de arte y legitime como objeto artístico todo aquello que contenga.
La toma del espacio público en Vic podría relacionarse en dos vías diferentes. La primera, sería el activismo artístico-político desde el propio cuerpo y nos conduciría a hablar de feminismo, teorías de género y queer. El segundo, la toma física del espacio público nos conduce inequívocamente al fenómeno de las acampadas de la #spanishrevolution que marca un punto de inflexión en nuestro presente.
Pero más allá de estas dos posibles conexiones tenemos el vasto dominio de Internet, territorio inmaterial, no-lugar y al mismo tiempo, lugar de creación de comunidad y por tanto, posible lugar para hacer frente al institucionalismo mediante el ejercicio de la crítica. La enfermedad que nos corroe desde los inicios de la Revolución Industrial, se nos presenta también como herramienta para elaborar el antídoto, mediante el uso crítico de los medios de comunicación y las instituciones artísticas.
lunes, 28 de marzo de 2011
Cultura y otras palabrejas

Que una sola palabra puede cambiar el sentido de un discurso, es bien sabido. Que la retórica depende de las comas y matices, tampoco es un secreto. Que ese tácito acuerdo social que llamamos cultura se forja con palabras deslizadas de boca en boca y expresiones que hacen fortuna, es algo que hemos de mantener muy presente, para no caer en los errores provocados por la sinonimia entre el “similar” y el “parecido”.
Entre ocio y cultura hay un abismo de significados, una escala de grados que oscilan entre la comodidad de un viaje y el compromiso de una performance; y sin embargo, ocio y cultura son, en El Periódico algo lo suficientemente parecido para encabezar una sección en la que encuentras la cartelera de cine –con la respectiva crítica- y las propuestas más apetecibles para una guarnición perfecta. Particularmente, para El Periódico la televisión no pertenece a ninguno de los dos ámbitos, encabezando la sección de “gente y TV”, a continuación de “ocio y cultura” -y es de remarcar que el ocio preceda a la cultura, que según parece, es una forma más del primero-. Es seguramente por esta priorización del ocio que El Periódico se decanta por los titulares cinematográficos, que, al margen de los premios Oscar, incluyen una sección de videoclub y la cartelera de cine. La cultura, en la acepción más popular de la palabra, queda relegada a una agenda en un espacio “familiar”, similar al dedicado a los viajes o a la gastronomía.
Para La Razón, en cambio, las etiquetas merecen gran cuidado, no es lo mismo cultura que TV o sociedad. Y en este afán de catalogar todas las posibles temáticas de la Editorial, nos ofrecen secciones tan llamativas como “los toros” o “religión”. De un afán tan esquemático solo puede surgir una sección cultural estructurada sobre los pilares de aquello que, por consenso social, se considera parte del acontecer cultural: el cine, la literatura y la música. Verdad es que también existe el subapartado “cultura” donde se acogen todas aquellas nuevas culturales –valga la redundancia- que no encajan en el panorama cinematográfico, literario o musical, formando así un círculo viciosamente cerrado de conceptos que solo se definen aludiendo a sí mismos.