viernes, 11 de junio de 2010

Cibercafé


Las nuevas tecnologías permiten, día a día, mayores grados de sofisticación que quizá no faciliten nuestra existencia, pero que sin duda alguna, la hacen más entretenida. A este boom informático se suman también los sectores culturales. Recientemente el MoMA de New York ha diseñado una nueva aplicación, próximamente activa, que permite planificar y compartir visitas al museo según el perfil de usuario en Facebook.
Gracias a las redes sociales el privilegio de los coleccionistas de antaño se democratiza y está al alcance de todos enseñar a nuestros conocidos esa amalgma interior que algunos llaman alma y otros cortex cerebral. Más aun: nos permite captar su atención.
Es el plus de la interactividad y los soportes multimedia. Nuestras conversaciones son amenizadas con imágenes en formato JPEG o videos de Youtube. El esfuerzo de los genios de la informática y nuestros mínimos conocimientos de windows convierten nuestra vida en un producto más atractivo que el último estreno de cine.
Sin embargo, algunas veces caemos en un exesivo horror vacui, la expresión sin restricciones nos lleva a largas letanías sentimentales. En un idioma que cuenta con más de 100 000 palabras -según la RAE- hay suficientes sinónimos para llenar páginas enteras.
Es entonces cuando trasladamos el oficio del diván a nuestro muro -o a la bandeja de entrada de mensajes-, obligando a todos nuestros contactos a ejercer de psicoanalistas. Es inútil que limitemos el número de palabras, a veces, con una sola basta para desatar el caos en vidas ajenas a la nuestra.

jueves, 3 de junio de 2010

Café latte en el fin del mundo



El mundo se acabará en el 2012, dicen los que ya lo saben. O por lo menos acabará el mundo tal como lo conocemos. Que solo sobrevivirán las cucarachas, dicen algunos, mientras que otros extienden la benevolencia a los elegidos, pues se habla también de un tiempo posterior al final mismo de los tiempos y de un porvenir de bienaventuranza que arribará cuando ya no existan ni el presente, ni el pasado, ni el futuro.
Y como siempre que sobrevienen los pánicos de fin de siglo, década o milenio -dada nuestra marcada predilección por los números múltiplos de dos y cinco-, inundamos nuestras mentes con imágenes apoalípticas, guerras, catástrofes naturales y cracks financieros entremezclados con arengas moralistas. Los pánicos del fin de los tiempos siempre nos advierten sobre que bando elegir en el presente.
Tambén en el año mil se acabaría el mundo, advirtió Beato de Liébana, y quizá fue así para quienes perecieron en la hambruna del momento, en las pestes, en las batallas de señores feudales o, posteriormente, en las cruzadas. O quizá poco después cambió el mundo, al emerger las ciudades en un occidente rural y fragmentado. Pero seguro no fue el fin de los tiempos, pues según doctos monjes este acontecimiento se pospuso para alguna fecha cercana al año 1290.
Ahora también sabemos que los monjes, con sus primitivos cálculos anteriores al desarrollo de las ciencias matemáticas se equivocaban, como también se equivocaron quienes creyeron que el mundo colapsaría junto a los ordenadores en el advenimiento del 2000.
Los mayas son más acertados. El mundo acabará en el 2012. Preparaos y acatad las instrucciones para disfrutar del tiempo que vendrá después de los tiempos.