
Las nuevas tecnologías permiten, día a día, mayores grados de sofisticación que quizá no faciliten nuestra existencia, pero que sin duda alguna, la hacen más entretenida. A este boom informático se suman también los sectores culturales. Recientemente el MoMA de New York ha diseñado una nueva aplicación, próximamente activa, que permite planificar y compartir visitas al museo según el perfil de usuario en Facebook.
Gracias a las redes sociales el privilegio de los coleccionistas de antaño se democratiza y está al alcance de todos enseñar a nuestros conocidos esa amalgma interior que algunos llaman alma y otros cortex cerebral. Más aun: nos permite captar su atención.

Es el plus de la interactividad y los soportes multimedia. Nuestras conversaciones son amenizadas con imágenes en formato JPEG o videos de Youtube. El esfuerzo de los genios de la informática y nuestros mínimos conocimientos de windows convierten nuestra vida en un producto más atractivo que el último estreno de cine.
Sin embargo, algunas veces caemos en un exesivo horror vacui, la expresión sin restricciones nos lleva a largas letanías sentimentales. En un idioma que cuenta con más de 100 000 palabras -según la RAE- hay suficientes sinónimos para llenar páginas enteras.
Es entonces cuando trasladamos el oficio del diván a nuestro muro -o a la bandeja de entrada de mensajes-, obligando a todos nuestros contactos a ejercer de psicoanalistas. Es inútil que limitemos el número de palabras, a veces, con una sola basta para desatar el caos en vidas ajenas a la nuestra.
